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De bufónidos, reconciliación y otras artes necesarias

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Cuando empecé a revisar material para este artículo, el cual me parecía que iba a tono con la situación actual, me consigo con unas declaraciones del presidente de la Asamblea Nacional sobre la ley de amnistía que incluye la expresión tragar sapos y la palabra reconciliación; así que, so pena de quedar enmarcado en una diatriba polarizante, me trago mi sapo y voy con la columna.

La expresión tragar sapos hace referencia a que a veces hay que hacer cosas que normalmente consideramos desagradables, pero que en aras de un bien superior o de un objetivo mayor debemos realizar. Si ya no es suficientemente gráfica la expresión, investigando sobre sus orígenes, hay una versión que me pareció muy ilustrativa: en la antigüedad las pociones y brebajes de las brujas incluían en sus recetas un sapo, pues este animal era asociado con la personificación del diablo. Es así que entonces tragar sapos es, en dos platos, tragarse al demonio. Esto es muy personal, ya que no todos son iguales y no todos tienen el mismo peso para las personas; hay algunos que no están dispuestos a hacerlo de ninguna manera, y otros lo hacen sin pensar siquiera en el tamaño del batracio. Inclusive, algunos lo estimulan de manera discursiva, aun cuando en su acción no se ve el menor ápice de sacrificio. Pero donde coincide todo el mundo es que, de una forma u otra, esto sucede en todos los procesos de cambio donde ninguna de las partes por sí sola puede avanzar.

El 17 de enero, el diputado Stalin González manifestaba en una entrevista al diario El País que estaba dispuesto a hablar con María Corina; no sé si eso ha sucedido o no, pero pudiera ser un ejemplo de un sapo que ambos deben tragar. Traigo a colación esto porque nuevamente, ante una oportunidad de encumbrar el país por la senda democrática, surge este fenómeno curioso: no es si estamos dispuestos o no a tragar sapos, sino que en la menor oportunidad estamos más ocupados en arrojarle nuestros sapos a otros. Y lo peor es que muchas veces esos otros son personas que están de nuestro mismo lado. Este momento en que el país pide concordia, acuerdo y unidad, pareciera que las cabezas más visibles de los distintos sectores políticos y sociales del país están buscando cobrarse viejas facturas sobre algo que aún NO ha sucedido.

Entonces caemos en la tan vilipendiada reconciliación, una palabra que da para todo y para nada, pues ese re-conciliar, volver a unir, debe privar primero a lo interno de cada sector para poder lograr algo duradero y beneficioso para la gente a futuro. De cómo avancemos esto, dependerán las próximas generaciones.

Imagino una próxima conversación entre los hermanos Guanipa, Juan Pablo y Tomás, como muestra de un reencuentro posible y necesario, donde a pesar de sus visiones divergentes de cómo lograr el cambio en el país, puedan separar el grano de la paja, y asumir el rol que les toca.

El padre Antoine Kerhuel, secretario general de la Compañía de Jesús, lo expone de manera muy clara: “Hemos aprendido que el verdadero discernimiento se produce cuando hablamos con libertad y escuchamos con humildad”. De ese discernimiento que conduzca a una reconciliación nacional dependemos todos, y los sapos –propios o ajenos– habrá que tragárselos por Venezuela; nosotros, nuestros hijos y los que vienen.

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