«Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios».
1 Cor 10, 31
Hacia finales del verano de 2002, justo en medio de la compleja transición desde su cargo como Decano de la Facultad de Derecho (que ocupara desde 1988) al de Presidente de la Universidad de Nueva York (NYU), John Sexton tomó una decisión aparentemente insignificante que acabaría por ser trascendental. A pesar de asumir la inmensa carga administrativa de la presidencia de una de las universidades más grandes del mundo, Sexton tomó la decisión consciente de seguir enseñando. No quería que su nuevo despacho lo aislara de la vida estudiantil. Por ello, creó un curso específicamente como un seminario para estudiantes de primer año. La materia no podía ser más sugerente e intrigante: el Béisbol como camino hacia Dios.
Su intención era doble: por un lado, quería ofrecer a los recién llegados un espacio de reflexión profunda con un pretexto ameno y, por otro, deseaba utilizar su propia formación académica —además de eminente jurista (Juris Doctor magna cum laude por la Universidad de Harvard), Sexton tiene un Máster en Religión Comparada y un Doctorado en Historia de la Religión Americana por la Universidad de Fordham— para conectar con los jóvenes a través de una pasión compartida.
Lo que empezó como un pequeño coloquio para dieciocho novatos en 2002, se convirtió con los años en una leyenda del campus. Durante más de una década, mientras lideraba la expansión global de NYU, Sexton mantuvo este espacio sagrado en su agenda, refinando las lecciones que finalmente darían forma al libro que publicaría años después con el mismo título del seminario[1], ahora convertido en el guión de un documental[2]. Esta persistencia demuestra que, para él, el aula era tan vital como el diamante: un lugar donde la transmisión de valores y la búsqueda de lo inefable no se detienen nunca.
Para entender por qué John Sexton, un hombre que alcanzó la cima del mundo académico y jurídico -fue nombrado por la revista Time uno de los diez mejores rectores universitarios en 2009[3]-, decidió dedicar sus años de madurez a explicar la teología a través de un bate y una pelota, hay que viajar a su infancia. No es una decisión intelectual de escritorio; es una reconciliación con su propia historia.
La relación de Sexton con el béisbol comenzó como comienzan las grandes religiones: a través de la tradición oral y el misterio. En la década de los cincuenta, Brooklyn era un lugar donde la identidad se definía por una sola pertenencia: los Dodgers. Para el joven John, su padre no sólo le enseñaba las reglas del juego, sino que le entregaba un decálogo de valores. Escuchar los juegos por radio en el porche de su casa era, para él, un ejercicio de contemplación. Al no haber imagen, el niño debía construir el universo en su mente. Ese ejercicio de «creer en lo que no se ve» fue su primer acercamiento a la fe.
Paradójicamente, a miles de kilómetros de los despachos de NYU, esa misma capacidad de ver lo invisible es la que define la «meritocracia del barrio» en Venezuela. Mientras el mundo ve un país en crisis, el diamante revela una anomalía sociológica: un lugar donde la escasez produce, con precisión industrial, talento de millones de dólares. Los peloteros venezolanos de élite se forman en la misma «precariedad creativa» que Sexton intuía en su radio: bateando chapitas para agudizar la vista y fildeando pelotas de goma en terrenos irregulares. Es el triunfo de la resiliencia de una vocación sobre la carencia estructural.
Para Sexton, el Ebbets Field no era un estadio, sino un recinto donde el tiempo se detenía. Él recuerda que, al cruzar el túnel hacia las gradas y ver el verde eléctrico de la grama bajo las luces, experimentaba lo que Rudolf Otto llamaba el sentido de lo «numinoso»: ese sentimiento de sobrecogimiento ante algo que nos supera y nos fascina a la vez[4].
Si Brooklyn era el Edén, 1957 fue el año de la expulsión. Cuando los Dodgers se mudaron a Los Ángeles, el pequeño John vivió su primera gran crisis de fe. Aquello no fue un movimiento empresarial; fue una traición metafísica. La desaparición de su equipo le enseñó que el dolor y la pérdida son partes intrínsecas de la experiencia espiritual.
Ese vacío lo llevó a estudiar Historia, Derecho y Religión, buscando respuestas a las grandes preguntas de lo profano y lo divino. Sin embargo, con el paso de los años, se dio cuenta de que el lenguaje académico tradicional era insuficiente para explicar la profundidad de la conexión humana. Fue entonces cuando decidió regresar al diamante.
Ese mismo sentimiento de «exilio» y lucha ha marcado al béisbol venezolano. Durante años, la ausencia de las sedes oficiales de la MLB en el país pareció una expulsión del mapa deportivo mundial. Pero, lejos de rendirse, esa desconexión forzó una introspección: surgieron academias privadas, internados de alto rendimiento donde jóvenes imberbes se inician en la estricta disciplina del deporte profesional. Otros han tenido que emprender muy temprano, como tantos venezolanos, el camino del éxodo. Es una economía de futuros donde se apuesta por el petróleo del talento en medio del desierto, sin olvidar que a veces es justamente en el desierto donde más petróleo puede haber.
En NYU, el curso de Sexton suscitó una pequeña revolución. Lo que empezó como una excentricidad académica se convirtió en el curso más solicitado de la universidad. Sexton no buscaba convencer a sus alumnos de que Dios existía a través del béisbol, sino que quería que experimentaran la «capacidad de asombro» y una apertura al misterio que subyace a todas las cosas. Él explicaba que el juego ofrece una estructura que presenta asombrosos paralelismos con la religiosa.
Por ejemplo, la idea del tiempo sagrado y la eternidad. A diferencia de otros deportes, el béisbol no tiene reloj (si excluimos el relativamente novedoso que cuenta los segundos entre cada picheo). El juego no termina hasta que se acaba, Yogi Berra dixit. Esa ausencia de tiempo lineal permite al espectador entrar en un estado meditativo, en una consciencia del presente similar a la oración. Tal vez es el mismo tiempo suspendido que permitió a la selección de Venezuela, en el Clásico Mundial de 2026, ignorar el ruido exterior, las críticas y la expectativas, para concentrarse en la perfección de cada jugada, de cada lanzamiento.
Aunque me arriesgue a ser llamado hereje, todo el mundo sabe que en el béisbol también existe la comunión de los santos: los nombres de los grandes jugadores funcionan como una hagiografía. Una barajita antigua de Babe Ruth es lo más parecido a una estampita de Francisco de Asís que uno se pueda encontrar. Figuras como Jackie Robinson, Sandy Koufax o Roberto Clemente son modelos éticos. En Venezuela, esta estirpe de los elegidos ha florecido en lugares improbables como La Sabana, donde el apellido no es una etiqueta, sino un destino. Peloteros que en algunos casos representan ese «retorno de gratitud» por los dones recibidos, financiando estadios y sueños en sus comunidades.
Claro que, ninguna religión está completa sin la noción del pecado, la caída y la redención, y en el edificio teológico de Sexton, el error es la manifestación física del pecado. Los Medias Rojas de Boston estaban a un solo out de ganar la Serie Mundial de 1986 y romper una maldición de 68 años cuando una pelota mansa, un rodado lento de Mookie Wilson, pasó inexplicablemente entre las piernas de Bill Buckner, un consumado fildeador. En ese instante, un hombre que había tenido una carrera brillante y digna del santoral del béisbol, se convirtió en el chivo expiatorio de una ciudad entera.
Sexton utiliza este episodio para enseñarnos que el «pecado» en el béisbol, como en la vida, es a menudo un momento de fragilidad humana que eclipsa una vida de virtud. Sin embargo, es aquí donde surge la verdadera mística: la redención. Buckner vivió décadas en el exilio del desprecio público hasta que, años después, fue recibido de vuelta en el Fenway Park con una emotiva ovación que limpió las culpas del pasado[5]. Para Sexton, este rito de absolución es vital; nos recuerda la importancia de no perder la fe en la gracia, la misericordia y la reconciliación, que, aunque a veces tarden décadas en llegar, son el único camino para restaurar la armonía en el diamante y en el alma.
Y quién podría negar haber vivido desde el terreno o las tribunas algo que no puede ser llamado de otra forma sino fe en la Resurrección -no puedo borrar de mi mente aquella imagen del padre Robert Prevost, debidamente ataviado con el uniforme de su equipo, en las gradas del Cellular Field de Chicago, el 22 de octubre de 2005, primer partido de la Serie Mundial, con ese rostro agónico de angustia contenida que sólo un verdadero fanático puede encarnar, ante la posibilidad de que sus venerados Medias Blancas rompieran un maleficio de 88 años y se alzaran con el título (cosa que acabarían consiguiendo unos días después en Houston, en parte, sin lugar a dudas, gracias a las oraciones del futuro Papa, pues no lo han vuelto a hacer desde entonces…)-[6]. Cada entrada es una nueva oportunidad. No importa cuántos años hayan pasado o qué tan abajo estés en el marcador; mientras haya un out de vida, la posibilidad del milagro permanece intacta.
Sexton llegó a estas conclusiones porque, siendo un católico practicante formado en la escolástica ignaciana, se dio cuenta de que el ser humano tiene un hambre profunda de trascendencia que el mundo moderno no logra saciar. Durante su presidencia en la NYU, defendió a menudo la idea de que la educación debe fomentar no sólo el intelecto, sino también el espíritu y la capacidad de los estudiantes para conectar con algo más grande que ellos mismos. Sexton se define a sí mismo como un creyente que encuentra en la vida cotidiana, en la academia y en el deporte, señales de una armonía espiritual superior.
Así, el béisbol, con su ritmo pausado y su respeto casi litúrgico por sus reglas, su patrística y sus tradiciones, puede actuar como un puente o una chispa que evoca la eternidad. Un puente que él mismo fue capaz de cruzar tras la muerte de su padre. Cuando este falleció, Sexton encontró consuelo no sólo en los ritos y sacramentos de la Iglesia, sino también en el recuerdo de las tardes compartidas en el estadio. Entendió que el béisbol era el vehículo que su padre había usado para comunicarle el concepto del amor incondicional y la lealtad.
La victoria de Venezuela en 2026 no fue sólo estrategia o suerte; fue la confluencia de jugadores que, poniendo por delante a Dios (no deja de ser sorprendente en estos tiempos que corren ver a un grupo de hombres adultos, vestidos de uniforme, tomados de las manos y elevando una plegaria antes de cada partido), jugaron como si les fuera la vida en ello, confiando en que el resultado no dependía sólo de ellos. En el clubhouse, el sentimiento era el que el propio Sexton describía: una confianza en algo más grande que uno mismo.
Para Sexton, impartir las clases y, más tarde, escribir y entrelazar estas historias, fue su manera de decir que lo sagrado no está confinado sólo a los altares, sin pretender decir que no sea en los altares donde fundamentalmente está. Puede estar también en el esfuerzo del corredor que intenta llegar a home —el hogar, el origen—, en la esperanza del fanático que espera un año más, o en la certeza de que, al final del juego, sea cual sea el resultado, hay algo superior que lo explica todo y una conciencia de que puede haber diversidad de actividades, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos[7].
Si lográramos aplicar esa «ética del diamante», inspirada en la Providencia —donde las reglas son claras, el esfuerzo en la lucha es la parte que se pide a cada uno y el equipo está por encima del ego— a la reconstrucción de cualquier sociedad, el éxito no sería un sueño, sino un resultado posible. La historia que cuenta Sexton es, en definitiva, la historia de cómo se puede llegar al mismo Dios a través de un misal o de un deporte, siempre que se haga con el corazón abierto al misterio de que, en la vida como en el béisbol, si hay fe, incluso en el noveno inning y con el marcador en contra, el milagro del «walk-off» siempre es posible.
[1] Baseball as a Road to God: Seeing Beyond the Game https://share.google/5P8F2bpiT3dwSGB1K
[2] https://x.com/i/status/2040613147430552062
[3] John Sexton – Wikipedia https://share.google/XedtvkU99FpYh6WBc
[4] Rudolf Otto, Lo santo: Lo racional y lo irracional en la idea de lo divino, trad. Francisco de Samaranch (Madrid: Alianza Editorial, 2016).
[5] https://youtu.be/IgRyBNBmN7Q?si=OjRWh_n4FXu732FF
[6] Pope Leo XIV, Robert Prevost a White Sox fan at 2005 World Series https://share.google/U2EAkoHeKXFTwM8zZ
[7] 1 Cor 12, 6



