Por: Addison Lashly C.*
“No quedarse solo en condenar lo que agrada a muchos. Algo hay de bueno, pues satisface a tantos, y, aunque no se explica, se goza… antes se desacreditará su mal juicio que lo juzgado; se quedará solo con su mal gusto. Si no sabe descubrir lo bueno, disimule su cortedad y no condene al bulto, que el mal gusto nace ordinariamente de la ignorancia.” Baltasar Gracián, El Arte de la Prudencia (1647).
Hay citas que parecen escritas para incomodarnos. Esta de Gracián —jesuita, moralista, diseccionador de las vanidades humanas— no es una defensa del gusto popular: es una advertencia contra la soberbia. Y la soberbia, en materia cultural, suele disfrazarse de criterio.
Me pasa con el arte moderno.
Uno de los cuadros más famosos de Mark Rothko se llama Naranja, rojo y amarillo. El título no engaña: dos rectángulos, uno rojo y otro amarillo, suspendidos sobre un fondo naranja. En 2012 se subastó por 90 millones de dólares. Noventa millones por lo que, a simple vista, podría pintar un muchacho aventajado de preescolar con un buen set de témperas. Rothko decía que buscaba “evocar emociones profundas, espiritualidad y el drama humano”; que el formato monumental debía envolver al espectador para que sintiera eso —lo innombrable, lo hondo, lo que no cabe en palabras.
Confieso que, frente a esto, pensé: ¿en serio? ¿De verdad?
Pero ahí empieza la pregunta incómoda, la que sugiere Gracián: ¿no me gusta o no lo entiendo?
Porque una cosa es el gusto —ese territorio íntimo, legítimo, intransferible— y otra el juicio sumario. Decir “no me conmueve” es honesto. Decir “eso es una estafa” ya es otra cosa: es convertir la perplejidad en condena. Y tal vez la perplejidad, como casi todo lo importante, exige paciencia.
Algo parecido ocurre con la cultura popular contemporánea. Con el reguetón. Con el trap. Con Bad Bunny.
Yo no soy fanático del reguetón. Ni mucho menos del trap, esa variante áspera con la que Bad Bunny se hizo famoso. No es la banda sonora de mi vida. Pero negar su relevancia cultural, despacharlo como vulgar, simplista o —en juicios abiertamente prejuiciosos— “marginal”, es incurrir en esa miopía que Gracián describía hace casi cuatro siglos.
La relevancia cultural no es una opinión: es un hecho. Un artista que encabeza listas globales, que llena estadios, que impone códigos estéticos y lingüísticos, que altera la conversación pública, no puede ser reducido a “eso no es música”. Puede no gustarnos. Pero existe, influye, transforma.
La comentadísima presentación de Bad Bunny en el Super Bowl LX lo dejó claro. En un contexto donde pudo optar por la confrontación frontal —una crítica irreverente a un sistema que hoy agrede la cultura hispánica en Estados Unidos, con el infame ICE como símbolo— eligió otro camino: no el choque, sino la afirmación.
Reivindicó el español sin pedir permiso. Mostró el trabajo: el puesto de tacos, los jornaleros, la épica silenciosa de quienes sostienen ciudades que a veces los desprecian. Celebró la superación individual sin caer en el sermón. Puso en escena una boda real: el abuelo octogenario bailando, el niño dormido sobre dos sillas, la familia como refugio y promesa. Y esa frase, ingenua y poderosa a la vez: “¡Baila sin miedo!”.
Cerró con un mensaje que podrá sonar manido, pero no por eso es menos urgente: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”. Y remató con una reivindicación de América como continente, nombrando uno a uno sus países en tiempos donde la palabra “América” se disputa como si fuera propiedad privada. —incluida Canadá, cuya mención ha generado una reacción cultural que dice más de lo que parece, revisen en las redes la reacción de los canadienses a esto para que se sorprendan—.
En un debate cultural marcado por la intolerancia, la xenofobia y esa forma sofisticada de miedo al otro que podríamos llamar agorafobia moral, gestos así no son despreciables. Nos gusten o no los beats, el dembow o las líricas.
El problema no es que algo no nos guste. El problema es cuando convertimos nuestro gusto en vara universal. Cuando confundimos formación con superioridad. Cuando la incomodidad se vuelve desdén.
Gracián lo intuía: el mal gusto nace ordinariamente de la ignorancia. Pero la ignorancia no es no saber; es no querer saber. Es cerrar la puerta antes de asomarse. Es negarse a descubrir “algo de bueno” en lo que conmueve a tantos.
Al final del día, la ignorancia no se combate solo con información —los datos, como los cuadros de Rothko, pueden ser vistos y no comprendidos—, sino con humildad y curiosidad intelectual. Los hechos pueden relativizarse según nuestros sesgos; el algoritmo siempre nos dará razones para tener razón. Lo único que nos hace crecer es reconocer nuestras limitaciones, aceptar que siempre las tendremos, y asumir que debemos aprender más.
Quizá nunca me conmueva un rectángulo rojo suspendido sobre un fondo naranja. Quizá el reguetón no me acompañe en el carro ni en la sala de mi casa. Pero si millones encuentran allí sentido, identidad, consuelo o celebración, lo prudente —lo civilizado— no es la burla, sino la pregunta.
¿No me gusta… o no lo entiendo?
Tal vez de eso se trate la madurez cultural: de bailar, incluso torpemente, en la frontera de nuestras certezas.
¡Baila Sin Miedo!
Por: Addison Lashly C.* : Abogado especialista en Derecho corporativo y con maestría en derecho financiero
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