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Ramón Guillermo Aveledo: partimos de un fracaso… pero el país, aún así, «se mueve”

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“Partimos de un fracaso, y cuando alguien de afuera ofrece la solución, la solución es para el de afuera, no para ti.” La frase cae como una losa, pero no es un epitafio: es un punto de partida. En la voz de Ramón Guillermo Aveledo, ese diagnóstico no es un lamento ni una coartada, sino una forma de reclamar la brújula. Tras los hechos del 3 de enero –excarcelaciones que no son menores, gestos institucionales antes impracticables, un “tigre en la sala” que presume su influencia– Venezuela parece haber entrado en una fase donde el tablero vuelve a moverse. No es aún transición, advierte; es un campo minado donde cada paso debe crear costos de reversión, o el paisaje regresará a ser decorado. Eppur si muove, recuerda, con una sonrisa que no enmascara la cautela: sin embargo, se mueve.

Nacido en Barquisimeto en 1950, abogado, académico y dirigente político, Ramón Guillermo Aveledo ha sido diputado y presidió la Cámara de Diputados en el antiguo Congreso bicameral. Como secretario ejecutivo de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), articuló una oposición plural en años de aspereza. Autor de libros sobre instituciones, derecho parlamentario y cultura política, lleva décadas defendiendo una misma tesis: la democracia es obra inacabada; las instituciones no se veneran, se ejercen; el poder se domestica con equilibrios más que con épicas.

            Juan Salvador Pérez, director de la revista SIC, y María Isabel Párraga, jefa de redacción, conversaron largo con Aveledo en el contexto del podcast Pensándolo Bien. Por supuesto, con el contexto de la “nueva realidad” que vive el país desde los hechos del 3 de enero.

Retos de los demócratas: una obra inacabada en un campo minado

—Juan Salvador Pérez: Ramón Guillermo, empecemos por lo esencial. La palabra “democracia” ha estado sorprendentemente ausente del debate reciente, pese a que los hechos del 3 de enero movieron piezas. ¿Cuáles son hoy los retos de los demócratas en Venezuela?

—Ramón Guillermo Aveledo: El primer reto es volver a decir la palabra sin convertirla en consigna vacía. La democracia es una obra inacabada; nunca es un producto sellado, porque los conflictos cambian, los actores cambian y los mecanismos de poder se adaptan. En el siglo XX, los desafíos eran frontales: fascismo, nazismo, socialismo realmente existente. Las democracias se veían obligadas a oponer modelos alternativos con contornos nítidos. En el XXI, los desafíos son más sinuosos: populismos que prometen redención inmediata y gobiernan con hipnosis; fundamentalismos que convierten el desacuerdo en pecado; autoritarismos “blandos” que conservan ropajes electorales mientras vacían las instituciones.

Venezuela ha sufrido su propio laboratorio. Tras la muerte de Gómez, López Contreras y Medina ensayaron una apertura cautelosa desde arriba y desde adentro del sistema. Aquel experimento se desplomó por defecto: no alcanzó a crear anclas ni tejidos suficientes. El ciclo de 1945 quiso lo contrario: una transición por la vía revolucionaria; se ahogó por exceso, porque el sectarismo y la confrontación llevaron el ambiente a lo irrespirable. Después, la dictadura: exilios, presos, muertes. Dura lección, pero fue metabolizada. Y con esas cicatrices el país parió, en 1958, su tramo más largo de estabilidad y alternancia pacífica. Cuarenta años en los que los gobiernos cambiaban por el voto y no por la fuerza; cuarenta años donde la frase “el gobierno no tiene elecciones” dejó de tener sentido.

Todo eso importa hoy porque demuestra que Venezuela ya supo ser un país gobernado por reglas. No fue perfecto, pero fue un país que discutía políticas en parlamentos, no destinos en cuarteles. Luego llegó un proyecto con legitimidad de origen, carisma personal y fantasía ideológica. Con el tiempo, el cierre: instituciones deterioradas, arbitrariedad en auge. Tras la muerte de Chávez, el carisma devino burocracia; los herederos administraron sin magia. Mi expectativa fue una transición democrática –solución política a problemas políticos–. No ocurrió. Por eso digo que partimos de un fracaso: el de no haber encontrado una solución propia. Y cada vez que el actor decisivo es externo, pone reglas según sus intereses, como es lógico. Ese es el campo minado en el que estamos. El reto es recuperar agencia sin ignorar ese condicionamiento; dar pasos que sirvan a los venezolanos y que, por su diseño, nadie pueda desmontar sin pagar un costo.

“Sin embargo, se mueve”: señales, rendijas y la tentación del maquillaje

—María Isabel Párraga: Después del 3 de enero hubo excarcelaciones, permisividades antes impensables, gestos parlamentarios hacia universidades. ¿Estamos dentro de una transición?

—RGA:Las transiciones suelen declararse cuando ya han ocurrido a medias. Este no es el caso. No llamaría transición a lo que vemos, todavía. Pero sí puedo decir, con Galileo, eppur si muove: se mueve. La liberación de presos políticos no es una minucia; es una señal que tiene carne humana. Que familiares de detenidos y estudiantes puedan manifestarse con menos asfixia que hace meses tampoco es nada. Que la Comisión de Política Interior invite a decanos de Derecho de universidades no controladas por el Gobierno a opinar sobre reformas legislativas, eso que fue normal antes de 1998 y que en estos años parecía ciencia ficción, también cuenta.

Ahora, la política venezolana es particularmente diestra para representar gestos como cambios. Ahí debemos tener ojo clínico; una cosa es un gesto, otra cosa es una secuencia que institucionaliza cambios. El reto de los demócratas es convertir cada rendija en puerta, y cada puerta en norma, y cada norma en hábito. ¿Cómo? Exigiendo verificación, acumulando precedentes, vinculando cada paso a un costo de reversión. Por ejemplo, si liberas, publica criterios y compromisos; si invitas a universidades, instala mecanismos de consulta recurrente y deja trazabilidad; si toleras manifestaciones, emite garantías administrativas y judiciales que lo respalden. En resumen, que lo que hoy es “permiso” mañana sea “derecho” y pasado mañana sea “costumbre”. Esa es la diferencia entre maquillaje y trasformación.

¿Quién empuja una agenda democrática?

JSP: Los cambios los empujan personas, con nombre y apellido. ¿Tenemos hoy quienes le metan el pecho a una agenda de democratización? La oposición luce fragmentada, las organizaciones se han resentido, buena parte del liderazgo simbólico está fuera del país.

—RGA:Los procesos no esperan a que aparezcan “unicornios” ideales. Se hacen con los que están y en las condiciones en que están. Es cierto que la oposición ha sufrido, que partidos y tejidos sociales se deshilacharon, y que hay liderazgos con legitimidad interna operando desde fuera. También es cierto que hay dirigentes trabajando dentro, con menos decibeles: diputados que ejercen control donde pueden, redes ciudadanas que documentan, líderes locales que reconstruyen confianza a escala humana.

La historia nos advierte contra el purismo: Adolfo Suárez, visto en su tiempo, no era el paladín esperado –formado en el aparato del franquismo–; Jaruzelski, en Polonia, venía del corazón del poder militar; en Chile, la victoria del NO fue el comienzo de una negociación de un año, no un rayo que cayó sobre la noche. Los liderazgos brotan desde orillas insospechadas cuando la realidad crea incentivos para moverse. No idealicemos ni satanicemos a priori. Exijamos: objetivos claros, pasos verificables, compromisos que se cumplen. La unidad perfecta rara vez existe; la mayor unidad posible alrededor de metas concretas sí es alcanzable. Remar juntos no es cantar el mismo himno, es saber hacia dónde va el río.

 Convertir el movimiento en dirección: cinco llaves de paso

—MIP: Para que el “se mueve” se vuelva “echa a andar”, ¿qué llaves concretas deberían accionarse?

—RGA: Cinco, encadenadas como una escalera.

Justicia confiable. No hay calma sin juez. Debe haber reglas de nombramiento y remoción que no dependan del humor del día, carrera judicial con incentivos a la independencia, garantías procesales que no sean decorativas. El trabajador que sabe que puede demandar sin temor, el empresario que entiende que el contrato no es un jeroglífico, el ciudadano que confía en un amparo, duermen mejor. Un Poder Judicial mínimamente despolitizado descomprime la vida y reduce la tentación del atajo.

Elecciones creíbles. Una fecha en el calendario no basta. Se requiere cronograma que se cumple, registro electoral abierto y actualizado (dentro y fuera), observación nacional e internacional con acceso real, equidad en campaña (medios, recursos, límites al uso del Estado), arbitraje confiable el día de la votación y en el contencioso posterior. Y auditorías públicas pre y post. Si la elección no mide preferencia, mide fuerza; y eso no sirve.

Control parlamentario real. Representar, legislar y controlar son inseparables. La función más erosionada ha sido el control. Hacen falta comisiones que citen con fundamento, informes que exhiban costos de políticas fallidas, seguimiento a designaciones clave a la luz de resultados, debates sobre el mandato del Banco Central y su cumplimiento. La minoría no puede bloquear, pero sí puede alumbrar y documentar; la mayoría puede decidir, pero debe rendir cuentas. El control disciplinado crea hábitos; los hábitos son lo más difícil de revertir.

Verificación e incentivos. Cada paso debe tener verificación independiente que lo vuelva costoso de desandar: plazos, reportes, consecuencias. Y, al mismo tiempo, incentivos claros: el grupo en el poder necesita acreditación externa para deuda, inversión y multilaterales; esa necesidad puede atarse a estándares internos. No se trata de tutelaje foráneo, se trata de usar realidades para beneficio público.

Cultura de rectificación y grandeza. Sin esto, lo técnico naufraga. Humildad para admitir errores propios y corregir –también los demócratas erramos–; grandeza para distinguir lo esencial de lo accesorio. Si todo es “punto de honor”, nada se acuerda. Si todo se entrega, nada queda. El equilibrio es arte y carácter.

Ética pública: mística sin escapismo, oficio sin cinismo

—JSP: Háblanos de la responsabilidad de los cristianos y demócratas cristianos. Citabas a Giorgio La Pira: “La política real, en el fondo, es una mística”. ¿Qué significa eso hoy?

—RGA: Que la política necesita propósito y necesita método. La Pira defendía que si la política no se vive con sentido, se convierte en administración sin alma; pero si se vuelve solo mística, deriva en fuga de la realidad. El compromiso cristiano, además, no es un gesto dominical: es de aquí y ahora. La indiferencia no está permitida. Lavarse las manos es decidir, y todos sabemos el nombre más famoso de esa decisión. La doctrina social de la Iglesia no es un recetario, es una guía para evaluar si lo que hacemos acerca una vida más humana a más personas –como decía Lebret, pasar de niveles de vida menos humanos a más humanos–.

En Venezuela hay católicos en todos los bandos, también en el régimen. La exigencia es coherencia y humildad. Coherencia para no separar convicciones de conducta pública. Humildad para admitir que nos hemos equivocado y rectificar. La democracia es la herramienta que mejor encarna la igualdad esencial: dar voz y voto, resolver en paz. Y para que funcione, hacen falta artesanos, gente que teja acuerdos sin renunciar a principios. Cruzados sin oficio y tecnócratas sin alma nos trajeron hasta aquí demasiadas veces. Que no se repita.

 Operar con el pañuelo en la nariz, pero operar

—MIP: La Asamblea actual es cuestionada por su legitimidad de origen. ¿Cómo usarla sin avalar lo que se critica? ¿No es una contradicción?

—RGA: La política es resolver contradicciones sin reventar la máquina. Lo primero es no negar el problema: es una Asamblea discutida, como discutido fue el Congreso tras la muerte de Gómez. Aun así, Rómulo Gallegos aceptó ser diputado y Betancourt dijo que lo aceptaban “con un pañuelo en la nariz”. ¿Por qué? Porque miraban más allá del gesto y buscaban la jugada siguiente. Si esperamos al Parlamento ideal, veremos pasar la historia desde la acera.

Usarla no es reverenciarla; es presionarla hacia su mejor versión posible. Representar de verdad –hablar de gente y no de partidos–, legislar con permanencia razonable y, sobre todo, controlar. Insisto, el control es la función más abandonada y la más eficaz para crear costos políticos. ¿Desde cuándo no se rinden cuentas cabales? ¿Cuántas veces se ha interpelado con rigor al Banco Central por su mandato constitucional sobre inflación y moneda? ¿Cómo se evalúa, con métricas, el desempeño de designaciones clave? Un Parlamento que controla eleva la credibilidad interna y externa. Y la credibilidad externa no es halago, son empleos, inversiones, acceso a multilaterales, renegociación de deuda. El grupo en el poder subestimó su mala reputación internacional; ahora paga costos. Si el Parlamento se vuelve taller de exigencia, cambia la música. Y si la minoría estudia, documenta y presenta, gana autoridad moral.

Principios en práctica: el orden de operaciones sí altera el producto

—JSP: Dices que no hay que comenzar por la Constitución. Muchos creen que “refundar” es la única salida limpia.

—RGA: Refundar es una palabra hermosa y peligrosa. Las revoluciones verdaderas codifican cuando ya están consolidadas; las transiciones, cuando están naciendo, deben caminar antes de escribir. En 1958, debatimos si restaurar el texto del 47 –abolido por la fuerza– o proceder por un arreglo transaccional apoyado en la del 53 para preservar el hilo constitucional mientras se elaboraba una nueva Carta. Se eligió la vía que permitía avanzar y legitimar. Hoy, comenzar por el papel sin músculo que lo sostenga es invitar a la frustración. El orden de operaciones importa: abrir rendijas, ensancharlas, formalizarlas y, solo después, codificarlas. Si invertimos el orden, la política hace lo que hace con frecuencia: vuelve a papel mojado lo que prometía ser un contrato social.

El tigre en la sala: condicionamiento externo y realismo operativo

—MIP: Hablemos del “tigre en la sala”: ese actor externo

—RGA:. Negar ese condicionamiento es infantil. Cuando alguien con poder repite que “gobierna Venezuela”, obliga a quienes están en el poder aquí a explicaciones incómodas ante su propia base. Ese actor existe, condiciona, fija incentivos. Pero realismo no es resignación. Es saber dónde estás para escoger bien la próxima baldosa. Si conectamos verificación externa con estándares internos –y si la contraparte necesita acreditación para resolver asuntos muy materiales–, hay palancas. No se trata de delegar el futuro en otros; se trata de que cada paso que se negocie sirva a los venezolanos. Y si se cumple, queda. Y si queda, cuesta revertir. Y si cuesta revertir, el país gana tiempo y espacio para reconstruirse.

Las transiciones que prosperaron fueron las que entendieron su terreno y lo usaron a favor de sus fines. Las que se negaron a hacerlo, suelen escribir memoriales de agravios más que de resultados.

 Diseño que enfríe el café: bicameralidad y equilibrios

—JSP: El papel del Parlamento. ¿Habría que repensarse la bicameralidad?

—RGA:  No como fetiche, sino como ingeniería. Una Asamblea con mandatos cortos y competencias nítidas; un Senado pequeño, de mandatos más largos, elegido por tercios, con funciones diferenciadas. El Senado como “cámara de serenidad”: ese lugar que, como en la anécdota de Jefferson y Washington, sirve para enfriar el café antes de beberlo. ¿Para qué? Para evitar que mayorías circunstanciales capturen instituciones de larga vida. Involucraría al Senado en nombramientos clave –magistrados, contralores, autoridades independientes– con mayorías calificadas, para forzar acuerdos transversales. No copiaríamos moldes ajenos; adaptaríamos la idea a nuestra sociología política. Demasiadas veces el péndulo venezolano osciló entre hiperpresidencialismo sin frenos y parálisis sin remedio. El diseño debe domesticar esa oscilación.

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