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Audentes Fortuna Iuvat: Sadio Mané y la ética del compromiso

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Por:Addison Lashly C.

El fútbol, ese “juego de villanos jugado por caballeros” —o viceversa, según decida el arbitraje—, nos brindó el pasado domingo una de esas raras ocasiones donde la cancha deja de ser un espacio de ocio para transformarse en un escenario de alta filosofía moral. Lo acontecido en la final de la Liga Africana entre Senegal y Marruecos no fue simplemente un episodio deportivo; fue un tratado sobre la libertad, el temple y ese liderazgo sereno que, emulando a los antiguos, se forja en la aceptación consciente del destino.

Transcurría el minuto 91 cuando la racionalidad del encuentro se desmoronó. Un gol aparentemente legítimo de Senegal fue anulado por una infracción previa tan imperceptible como trascendente. No obstante, el destino, siempre dado a las ironías, reservaba una vuelta de tuerca: en el tiempo de descuento, el árbitro señaló un penalti a favor de Marruecos, una decisión, de nuevo polémica, tan cuestionable que lindaba con el agravio. Ante la injusticia, la reacción visceral se apoderó de la delegación senegalesa. El entrenador, en un arrebato de orgullo herido, ordenó la retirada del equipo. El escándalo estaba servido y, con él, la amenaza de sanciones que traerían de seguro graves consecuencias para Senegal en el muy próximo Mundial de futbol.

Fue en ese instante de quiebre cuando emergió la figura de Sadio Mané, un tipo notable, famoso por haber declarado que prefiere ser buena persona a ser buen futbolista… (es capitán de Senegal, dos veces campeón de África, campeón de la Champions y la Premier League con el Liverpool y de la Bundesliga con el Bayern Múnich).

En un gesto que evoca irremediablemente a Leónidas en las Termópilas, no por la violencia si no por la firmeza del carácter, Mané se negó a rendirse ante el caos. Mientras sus compañeros se encaminaban al túnel de vestuarios corroídos por la indignación, él permaneció como el ancla de una sensatez necesaria. Mané comprendió, con una lucidez auténticamente estoica, que la dignidad no se reclama con el abandono, sino con la permanencia. Convenció a los suyos de que el honor no reside en evadir la derrota impuesta, sino en no permitir que la arbitrariedad ajena dicte la propia conducta.

“No nos es dado elegir las cartas que nos reparte la vida, pero sí cómo jugar la mano.”

Esta máxima de Marco Aurelio cobró vida en la determinación de Mané. Él aceptó las “cartas marcadas” que le entregaba el azar, procesó la amargura de la impotencia y asumió su responsabilidad histórica. El fútbol, que a veces posee una justicia poética más depurada que la de los tribunales, nos obsequió entonces un drama sin parangón. Brahim Díaz, el mejor jugador de la copa y estandarte de los marroquíes, optó por cobrar el penalti a lo “Panenka”, suave y al centro, con esa suficiencia estética que bordea la insolencia. Pero el portero senegalés, imperturbable, no se dejó engañar y atajó el cobro con la sobriedad de quien cumple un trámite ordinario.

Lo que sobrevino fue la apoteosis de la voluntad. En la prórroga, cuando el cansancio físico suele pesar mas que el uniforme, Pape Gueye conectó un disparo inalcanzable que se incrustó en la escuadra. Un 1-0 inapelable. Una victoria que no fue producto del azar, sino de la oportunidad que se manifiesta cuando el hombre decide no rendirse ante el atropello.

Sin embargo, el trofeo es aquí lo accesorio. Lo verdaderamente trascendente, lo que constituye una lección de ciudadanía, es el ejercicio de liderazgo de Mané. Su enseñanza es clarísima y nos habla a todos: la responsabilidad es la respuesta consciente ante las circunstancias, no la reacción automática ante las emociones. Mané no convenció a sus pares para que vencieran; los convenció para que fueran dueños de sus actos pese a la adversidad. En un tiempo que confunde a menudo la rabieta con la integridad, su gesto nos recuerda que la verdadera libertad comienza donde decidimos no ser víctimas de las circunstancias, sino sus protagonistas morales. El domingo, Senegal, y con ellos quienes tuvimos la extraordinaria oportunidad de presenciarlo, no solo obtuvo una copa; recuperó la idea de que la ética es la única victoria que permanece inalterable ante el paso del tiempo y las circunstancias, por adversas que sean.

Addison Lashly C.: Abogado especialista en Derecho corporativo y con maestría en derecho financiero

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