Lo veo en sus ojos brillantes cuando en mis clase en el Iter hablan del amor de Dios, de la misión, de cómo los han marcado las experiencias de los grupos juveniles…Conocen y cantan los temas de moda, en sus perfiles de IG no hay diferencia entre ellos y los muchachos de cualquier universidad, los mismos gustos, las mismas modas, seguro que hasta las mismas vivencias…No son extraterrestres, ni hay un arrebato místico en sus vidas (o tal vez sí, pero a modo muy gen Z), pero los jeans, las franelas, los lentes de moda y, por supuesto, los smartphones como parte insustituible de su atuendo los hacen parte militante de su generación… Sin embargo, hay algo distinto entre ellos y sus amigos: estudian para ser religiosos y religiosas…
En un mundo cada vez más secularizado, ¿qué hace que estos muchachos y muchachas opten por ser los peces que van en contracorriente? Pues seguramente las mismas cosas que están viendo y sintiendo muchos de sus pares y que está haciendo que se hable del tema del retorno de la religiosidad en los jóvenes.
En Estados Unidos, el Pew Research Center arroja que la cifra de estadounidenses que opina qué la religiosidad ha subido en la vida pública llega a 31 % , el dato más elevado desde 2010.
Otras cifras, en un trabajo sobre la religiosidad en universidades de 8 países (Argentina, Brasil, Italia, Kenia, México, Filipinas, España y Reino Unido), con encuestas en más de 4000 jóvenes: en los últimos cinco años, el 50 % de los jóvenes ha manifestado un aumento en su interés por la espiritualidad, mientras que solo un 15 % ha indicado que su interés ha disminuido.
Podemos citar fenómenos como Rosalía, los conciertos llenos a reventar del grupo Hakuna o el interés y la polémica que ha despertado la película “Los Domingos” que recientemente ganó el premio Goya, eso sin contar con el fenómeno de la serie “The Chosen”, hasta aquí cualquiera pudiera decir que sí, pero que esto no pasa de “ser una moda”. Pero ¿y si hay algo más?
Y si no estamos ante una tendencia pasajera de algoritmos, sino ante una búsqueda de puerto seguro en medio de la tormenta?
Al analizar este fenómeno desde una perspectiva sociológica y teológica, queda claro que este acercamiento al catolicismo en pleno 2026 no responde a una inercia de domingo familiar ni a un eco del pasado. Es, por el contrario, una búsqueda intencional. Los muchachos de hoy no están heredando la fe; la están conquistando en un acto de soberanía personal.
Para comprender este retorno, es imperativo citar a Zygmunt Bauman (1925-2017), sociólogo y filósofo polaco-británico, cuya obra es esencial para leer el siglo XXI. Bauman, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, acuñó el concepto de «Modernidad Líquida» para describir una etapa de la historia donde las estructuras sociales (la familia, el trabajo, la política y la propia religión) ya no mantienen su forma por mucho tiempo.
En esta era, los vínculos humanos se han vuelto precarios y las identidades son volátiles, fluyendo como líquidos que se adaptan al recipiente del momento pero que carecen de solidez permanente. Bauman advertía que vivir en una sociedad así genera una angustia constante: la sensación de caminar sobre un suelo que cambia de forma bajo nuestros pies.
Es precisamente en esta licuefacción de certezas donde el catolicismo vuelve a emerger como una propuesta de solidez disruptiva. Frente al relativismo que todo lo desdibuja, la Iglesia ofrece una identidad con memoria y una narrativa de dos mil años. El joven de hoy no busca simplemente un bienestar emocional efímero; busca raíces que no se evaporen al cerrar una pestaña del navegador. La fe está dejando de ser un «adorno cultural» para convertirse en un eje de sentido que ofrece la estabilidad que la modernidad líquida le niega al individuo.
De la fe heredada a la «Religiosidad Vivida»
Estamos asistiendo al fin de la religión por costumbre. Quien hoy se reconoce católico en un pasillo universitario o en sus perfiles digitales, lo hace tras un proceso de discernimiento que a menudo implica remar a contracorriente. Más que una adhesión legalista a una estructura, los jóvenes optan por lo que la academia denomina «religiosidad vivida»: un compromiso que nace de la experiencia personal y el encuentro comunitario. Esto gesta comunidades quizás menos masivas que las del siglo pasado, pero mucho más conscientes y propositivas en su impacto social.
La sed de belleza
En un mundo hiperconectado que padece de fatiga digital, lo sagrado ha recuperado su carácter exótico. Hay una fascinación renovada por la estética de la liturgia y la vida sacramental; el silencio del sagrario se percibe ahora como el lujo más valorado por la «Generación Z». Algo han visto y tal vez ¿sentido? Los jóvenes en una Adoración Eucarística.La figura de Carlo Acutis, por ejemplo, ha sido el puente definitivo: un joven que demostró que la santidad no es una pieza de museo, sino una posibilidad real que dota de trascendencia incluso al código de programación. Lo religioso ha dejado de ser percibido como «lo antiguo» para ser visto como «lo auténtico».
Finalmente, es imposible obviar el peso de algo que siempre ha conectado con la juventud a “contracorriente” de todas las épocas: la posibilidad de construir un mundo solidario. ¿Qué más revolucionario que Jesús mismo? Plantear el amor como la gran respuesta nos inspiró a todos cuando teníamos 20 años, algunos somos adultos mayores y aún lo seguimos creyendo.
Al final, no estamos ante un misticismo de catálogo ni ante un entusiasmo pasajero de algoritmos. En un siglo que nos obliga a fluir sin rumbo para no hundirnos en la ‘modernidad líquida’, elegir la roca de la fe no es un refugio de nostálgicos, sino el acto de rebeldía más audaz de nuestro tiempo. Porque mientras el mundo se desvanece en lo efímero, estos jóvenes —y nosotros con ellos— han descubierto que no hay nada más revolucionario que permanecer.
Cambiarán las modas y las tecnologías, pero esa sed de infinito que nos encendió a los veinte años es la misma chispa de eternidad que hoy sacude a esta nueva generación. Ser ‘peces a contracorriente’ no es un aislamiento, sino la única manera de no ser arrastrados por el vacío. Porque si el amor de Jesús sigue siendo la gran respuesta, es porque no es un recuerdo de juventud, sino un horizonte siempre nuevo. Después de dos mil años, la verdadera revolución apenas comienza en el preciso instante en que cada uno se deja encontrar por ese Amor



